Según datos citados por expertos, una consulta en ChatGPT puede consumir hasta 10 veces más energía que una búsqueda en Google. La inteligencia artificial (IA)
Según datos citados por expertos, una consulta en ChatGPT puede consumir hasta 10 veces más energía que una búsqueda en Google.
La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una pieza central del desarrollo tecnológico global. Desde optimizar cadenas productivas hasta predecir fenómenos climáticos, su promesa parece ilimitada. Sin embargo, esa misma promesa enfrenta hoy un creciente escrutinio.
¿Puede la IA ayudar a resolver la crisis climática mientras contribuye a empeorarla? Esa fue la pregunta que guió la charla “ChatGPT, por favor genera tecnologías sostenibles. El problema medioambiental de la IA”, realizada el 5 de diciembre en la Rambla Cataluña, como parte de FIL Pensamiento, y que puso sobre la mesa una paradoja que la sociedad apenas comienza a dimensionar.
La directora de UDGVirtual, Nadia Mireles, abrió la conversación con una advertencia tajante: “La IA no es una nube; es minería, es energía, es agua”. Su afirmación apuntó directamente a la materialidad de una tecnología que, aunque parezca intangible, descansa sobre gigantescas infraestructuras invisibles para la mayoría: centros de datos, redes eléctricas, sistemas de extracción de minerales y reservas hídricas de escala industrial.
Según datos citados durante el encuentro, una consulta en ChatGPT puede consumir hasta diez veces más energía que una búsqueda en Google. Además, los centros de datos de Estados Unidos requieren tanta agua como una ciudad de un millón de habitantes. Detrás de cada modelo de IA existe un costo ecológico que rara vez se discute.
El fármaco que cura y envenena
El filósofo de la ciencia Miguel Alberto Zapata planteó la metáfora central del debate: la IA como fármaco. “Puede ser remedio, pero también veneno”, señaló. La industria tecnológica impulsa el relato de que los sistemas de IA podrán optimizar el uso de energía, mejorar la gestión ambiental y acelerar soluciones a la crisis climática. Sin embargo, su uso masivo también incrementa la demanda eléctrica global y profundiza el extractivismo tecnológico.
Zapata advirtió contra el “tecnosolucionismo”, un concepto del ensayista Evgeny Morozov que señala la falsa idea de que toda crisis social o ambiental tiene —o debe tener— una solución tecnológica. Esta mirada ignora que cada avance en IA depende de minerales extraídos de territorios vulnerables y de centros de cómputo cuya huella hídrica y energética crece sin control.
Un problema que no pueden resolver los ingenieros
Para el investigador catalán Lluís Nacenta, la discusión no puede quedar en manos de especialistas en IA. “Los expertos en inteligencia artificial, en rigor, no existen”, dijo. Su crítica apunta a la tendencia de dejar decisiones tecnológicas en manos de ingenieros o corporaciones que, ante cualquier desafío, responden con una misma receta: “echen más carbón”.
Nacenta insistió en que el problema debe analizarse desde todas las disciplinas y, sobre todo, desde el debate democrático. “ChatGPT nunca va a resolver este problema porque no es su problema. Es una máquina insostenible que consume energía y agua demenciales”, afirmó.
El impacto ambiental de la IA se enlaza con un elemento central: el consumo de electricidad. La industria energética es responsable de cerca del 46% del aumento global de emisiones, y la proliferación de modelos de IA incrementará aún más esta presión.
Los centros de datos ya consumen entre el 1 y el 1,3% de la energía mundial, pero ese porcentaje podría llegar al 4% a finales de esta década, según la International Energy Agency.
Un informe de Goldman Sachs prevé que la demanda energética derivada de la IA crecerá un 15% entre 2023 y 2030. Solo este sector podría requerir 47 gigavatios adicionales de capacidad eléctrica, equivalentes a lo que consume un país mediano.
Cada búsqueda, cada entrenamiento de modelo, cada almacenamiento de datos implica emisiones. Y en un planeta cuya huella de carbono promedio por persona debería reducirse a la mitad, la expansión descontrolada de la IA resulta incompatible con los objetivos climáticos globales.
Uno de los puntos más provocadores del debate giró en torno a la idea de tecnodiversidad. ¿Es posible imaginar inteligencias artificiales locales, con valores, estéticas y finalidades distintas a las de Silicon Valley? Nacenta, citando al filósofo Yuk Hui, defendió la necesidad de diseñar tecnologías que respondan a contextos culturales específicos. Zapata complementó recordando el concepto de “tecnologías autóctonas”: si el fin es extractivista, dijo, la tecnología reproducirá ese modelo; si el fin es emancipatorio, deberán replantearse sus medios.
La charla cerró con una idea contundente: la IA no salvará el planeta. Pero la regulación, la presión social, la investigación crítica y la acción universitaria pueden orientar su desarrollo hacia modelos menos dañinos. El desafío no es pedirle a ChatGPT que diseñe un mundo sostenible, sino construir sociedades que no dependan ciegamente de máquinas que consumen más recursos de los que el planeta puede soportar.