Las encuestas siempre llegan con el aura de verdad instantánea. Un número, una barra ascendente, una fotografía en apariencia nítida sobre lo que piensa el país
Las encuestas siempre llegan con el aura de verdad instantánea. Un número, una barra ascendente, una fotografía en apariencia nítida sobre lo que piensa el país. Pero esa claridad es engañosa. La más reciente medición de Invamer —la que ordena a Iván Cepeda en primer lugar, que muestra a Sergio Fajardo como el único que lo vencería en segunda vuelta y que deja a los demás buscando espacio— es, a fin de cuentas, una imagen parcial de un país en movimiento.
Y la política colombiana rara vez se deja atrapar por una foto.
La primera evidencia es el comportamiento del electorado: más de la mitad dice que votaría, pero un tercio aún no tiene decisión firme. Es un electorado reactivo a la coyuntura, no ideológicamente fijo. Y en un país donde la seguridad supera a la economía como principal preocupación, las preferencias pueden cambiar con la velocidad con la que cambia el clima social.
La encuesta captura otra constante: la cohesión relativa de un bloque político y la dispersión del otro. Mientras un sector compite con una marca consolidada, el resto compite fragmentado entre discursos, estilos y estrategias. Esa asimetría explica gran parte de la ventaja que hoy se observa en la fotografía.
Pero el poder en Colombia no se define solo por intención de voto. Se define por factores que la encuesta no puede medir: el peso territorial, la capacidad organizativa, la presencia en regiones críticas, la movilización emocional de última hora, la lectura de los momentos de crisis y la habilidad de ciertos liderazgos para capitalizar escenarios inesperados. Hay figuras capaces de polarizar, otras capaces de unir, y una categoría más escasa: las que logran convertir su narrativa en una sensación de orden para una ciudadanía exhausta. En este punto, algunos nombres fuera del primer lugar siguen acumulando atención, incluso cuando no lo revelan los porcentajes.
La medición tampoco refleja la dimensión que más está inclinando el estado de ánimo nacional: la seguridad. Tres de cada diez personas dicen haber sido víctimas de algún delito en el último año, la mitad siente que el país podría volver a una fase de violencia y la mayoría cree que la Fuerza Pública ha perdido control en algunas zonas. En contextos así, las decisiones electorales se definen menos por simpatía y más por necesidad. Y las necesidades cambian de un mes a otro.
Tampoco se puede ignorar el desgaste de la institucionalidad. Las Fuerzas Militares, la Registraduría y la Iglesia conservan niveles altos de confianza; el resto de instituciones políticas navega en porcentajes negativos. Un país con estas cifras no vota por afinidad doctrinaria, vota por quien interprete mejor la sensación de desorden y logre encarnar, de manera creíble, un retorno a cierto equilibrio. La encuesta no puede anticipar quién logrará eso en 2026.
Por eso esta fotografía no debe tomarse como predicción. Es apenas el estado de la superficie. Bajo ella se mueven factores menos visibles que suelen definir las elecciones: la narrativa que termine dominando la conversación, el actor capaz de convertir molestia en convicción, el liderazgo que lea con precisión el cansancio social, y el candidato que logre proyectar fuerza sin estridencia, autoridad sin miedo, y claridad sin cálculo. Colombia ha premiado perfiles así antes, incluso cuando no aparecían encabezando las mediciones.
Las encuestas sirven para entender el momento. No para escribir el final.
El país está inquieto, dividido, cansado y más preocupado por la seguridad que por la ideología. Y en un ambiente así, no siempre gana quien aparece primero, sino quien entiende mejor la tensión del momento y sabe traducirla en liderazgo.
La historia electoral de Colombia ofrece numerosos ejemplos de sorpresas que no estaban en las láminas. Y si algo muestra la encuesta de Invamer, es que aún falta mucho por definirse. La política colombiana no es una fotografía: es una escena en evolución.
A veces, quien no aparece como favorito en la imagen inicial termina siendo quien más marca la conversación. Incluso aquel que muchos ven solo como un fenómeno mediático… pero que entiende, como pocos, cómo se mueve el deseo de orden en tiempos de turbulencia.
El país no está escrito. La encuesta tampoco. El poder, menos.