El Congreso que viene: la muralla que la República necesita

Por Cristian Verbel

En medio del vértigo presidencial, el país parece olvidar una verdad elemental: la estabilidad de Colombia no dependerá solo de quién gane la Casa de Nariño, si

El Congreso que viene: la muralla que la República necesita

En medio del vértigo presidencial, el país parece olvidar una verdad elemental: la estabilidad de Colombia no dependerá solo de quién gane la Casa de Nariño, sino de qué Congreso resulte elegido.


La próxima legislatura será, en términos institucionales, más decisiva que la primera vuelta. Porque el Congreso es el contrapeso real del Ejecutivo. Es el dique que contiene los excesos, pero también la brújula que orienta cuando el poder se desordena.


En los últimos años vimos cómo sectores que se autodefinen como partidos tradicionales —liberales y conservadores incluidos— terminaron acompañando reformas sin suficiente deliberación, muchas veces a cambio de cuotas burocráticas o acuerdos coyunturales. Esa práctica erosiona la credibilidad del sistema político y desdibuja la identidad programática de las colectividades.


El país no puede repetir ese ciclo.


Colombia necesita un Congreso fuerte, técnicamente preparado, con carácter institucional y con independencia real frente al Ejecutivo. Un Congreso compuesto por personas capaces y probas, que no negocien su voto por beneficios administrativos ni se conviertan en simple extensión del Gobierno de turno.


El riesgo no es teórico.


Si el próximo presidente fuera un dirigente con vocación de radicalizar reformas estructurales, el papel del Congreso sería determinante para preservar la sostenibilidad fiscal, la estabilidad jurídica y la separación de poderes. Un Legislativo débil podría convertirse en vehículo de transformaciones improvisadas, con costos económicos y sociales difíciles de revertir.


Pero el análisis debe ser equilibrado.


Si el país optara por un presidente de centro o de derecha, tampoco bastaría con una mayoría complaciente. El Congreso no está para aplaudir ni para bloquear sistemáticamente. Está para deliberar, corregir, modular y garantizar que cualquier agenda —sea de izquierda o de derecha— respete el marco constitucional y los límites de la sostenibilidad económica. Ese es el punto central.


No se trata de blindar al país contra una ideología específica. Se trata de blindarlo contra los excesos del poder, cualquiera que sea su signo.


Un Congreso maduro no es uno que obstruye todo ni uno que aprueba todo. Es uno que entiende las implicaciones técnicas de las reformas, que ejerce control político con rigor y que no cede ante la presión coyuntural.


La proyección electoral sugiere un Senado fragmentado, sin mayorías absolutas. En ese escenario, la disciplina partidaria, la coherencia programática y la calidad de las listas serán más importantes que nunca. El “muro” del umbral electoral obligará a los partidos a demostrar estructura y cohesión. Pero superar el umbral no basta. Lo que importa es el carácter institucional de quienes lleguen.


La democracia colombiana ha demostrado resiliencia. Pero ninguna institución es inmune si quienes la integran carecen de criterio o independencia.


El 8 de marzo se decidirá si el Congreso será muralla o pasarela. Si será contrapeso o simple trámite.


La República necesita legisladores que resistan presiones, que comprendan la economía real del país y que entiendan que gobernar no es imponer, sino equilibrar.


Elegir bien el Congreso es, en esta coyuntura, un acto de responsabilidad histórica.