La jefa de la división de Educación del BID revela a Acento por qué las universidades no avanzan al mismo ritmo que el contexto actual. La educación superior av
La jefa de la división de Educación del BID revela a Acento por qué las universidades no avanzan al mismo ritmo que el contexto actual.
La educación superior avanza hoy a dos velocidades. Mientras el mercado laboral y la tecnología, impulsados por la inteligencia artificial (IA), se transforman a ritmo acelerado, muchas universidades siguen ancladas en modelos rígidos que ya no responden a las demandas sociales ni económicas.
La desconexión es cada vez más visible: planes de estudio poco flexibles, estudiantes sin habilidades clave del siglo XXI y una lenta adaptación a un entorno donde la automatización redefine tareas que antes eran humanas. El resultado es una brecha educativa que empieza mucho antes del ingreso a la universidad.
Mercedes Mateo Díaz, jefe de la división de Educación del BID y panelista del IFE Conference 2026, coincide en que el problema se origina en las etapas previas del sistema educativo.
Señala que las desigualdades socioeconómicas y de aprendizaje no logran corregirse en la escuela y llegan intactas a la educación superior, cuando ya es tarde para nivelar las deficiencias acumuladas.
“El objetivo no es solo que más jóvenes ingresen a la universidad, sino que logren graduarse con capacidades para seguir aprendiendo a lo largo de la vida”, explica a Acento. Sin embargo, ese ideal choca con una realidad compleja.
La experta afirma que el factor económico es determinante, pues, muchas familias no pueden sostener varios años de formación universitaria, lo que limita el acceso o provoca la deserción temprana. Pero asegura que el abandono no se explica solo por falta de recursos.
“Incluso entre quienes reciben becas, la deserción es alta durante el primer o segundo año. La causa principal es académica: bases insuficientes en matemáticas, lectura y pensamiento lógico que dificultan el tránsito por la educación superior”, manifiesta Díaz.
Las cifras refuerzan la alerta
Según la funcionaria del BID, entre el 20% y el 25% de los jóvenes no logra insertarse de manera significativa en el mercado laboral ni continuar estudios universitarios por falta de habilidades. A los 15 años, el 75% no alcanza competencias básicas en matemáticas y la mitad presenta déficits en lectura.
“Estos estudiantes, aunque obtengan un título, enfrentan mayores probabilidades de abandonar la universidad o de graduarse sin las herramientas necesarias para adaptarse a un mercado laboral cambiante”, expresa a Acento.
La orientación vocacional aparece como otro eslabón débil, sobre todo, para los jóvenes más vulnerables, cuyo costo de oportunidad de estudiar es elevado, una mala decisión puede marcar su trayectoria económica de por vida.
“No basta con acceder a la universidad; importa dónde y para qué. Programas de baja calidad o carreras desconectadas de la realidad productiva aumentan el riesgo de frustración, endeudamiento y exclusión”, advierte Díaz.
Según la experta, la solución pasa por acompañar mejor a los estudiantes en las transiciones académicas y financieras, fortalecer la orientación vocacional y garantizar que la formación universitaria sea pertinente y de calidad.
Cerrar la brecha empresarial
La brecha también se refleja en la relación con el sector empresarial. Empresas de distintos sectores coinciden en una queja recurrente: los egresados no cuentan con las habilidades que requiere el entorno productivo.
Para cerrar esa distancia, los expertos invitados al IFE Conference 2026 plantean la necesidad de una estrategia clara de desarrollo productivo en cada país, que identifique sectores prioritarios y permita anticipar las brechas de talento.
El sector privado, afirman, debe ser parte activa de la solución. No solo señalando carencias, sino participando en la formación mediante prácticas, programas de aprendices y esquemas de financiamiento compartido.
Una vez que el sistema educativo genera bases sólidas desde la educación básica, las empresas pueden aportar habilidades específicas para el desempeño laboral, en un modelo de corresponsabilidad.
Obsolescencia y automatización
La rigidez curricular sigue siendo uno de los principales obstáculos. En muchos casos, los programas académicos quedan obsoletos en uno o dos años, incapaces de seguir el ritmo del cambio tecnológico.
Díaz afirma que algunas universidades ya ensayan respuestas, con inclusión de representantes del sector productivo en la revisión permanente de sus planes de estudio, reciben retroalimentación en tiempo real y ajustan contenidos para mantener su relevancia.
“La irrupción de la inteligencia artificial añade presión al debate. Las tareas repetitivas y rutinarias, desde la operación bancaria hasta procesos industriales, son las más expuestas a la automatización, donde la IA demuestra alta eficiencia”.
La jefa de Educación del BID explica que el valor diferencial del ser humano estará en otro terreno: la capacidad de conectar diagnósticos con soluciones en cosntextos complejos, donde intervienen múltiples variables y actores.
Señala que el pensamiento crítico, negociación, creatividad y empatía se perfilan como habilidades irremplazables. “Más que competir con la IA, el desafío será aprender a trabajar con ella”.
El mensaje es claro. Si las universidades no aceleran su transformación, corren el riesgo de quedar rezagadas frente a una realidad social y económica que ya cambió.
La brecha educativa no solo afecta a los estudiantes, sino al desarrollo y la competitividad de toda la región.