Petro y los Brayans: el debate sobre estigmas y discurso presidencial

Por Redacción Acento

El presidente ha construido parte de su narrativa política sobre la denuncia de las desigualdades. El presidente Gustavo Petro volvió a encender la polémica. Du

Petro y los Brayans: el debate sobre estigmas y discurso presidencial

El presidente ha construido parte de su narrativa política sobre la denuncia de las desigualdades.

El presidente Gustavo Petro volvió a encender la polémica. Durante la reapertura del Hospital San Juan de Dios, en Bogotá, el martes 27 de enero, el mandatario retomó un tema que ya había causado controversia meses atrás: su referencia a los llamados Brayans, un término que ha usado como símbolo de ciertos comportamientos masculinos en barrios populares.

“Tenemos que ser conscientes… las señoras que le ponen de nombre a los hijos Brayan, Jhon o Kevin… hermanitas somos de otra civilización”, dijo Petro, antes de describir a jóvenes que, según él, se convierten en “mandamases del barrio”, embarazan a mujeres y luego abandonan la responsabilidad. Incluso vinculó este fenómeno con problemas estructurales como la falta de educación masculina y la precariedad social que empuja a muchas mujeres a la prostitución.

Aunque el presidente intentó matizar afirmando que no todos los Brayans son iguales y que él mismo “homogenizó” el tema, el mensaje volvió a generar incomodidad. No solo por la generalización, sino porque revela cómo el discurso público puede reforzar prejuicios de clase y estigmatizar identidades asociadas a sectores populares.

Una polémica repetida

No es la primera vez que Petro usa esta figura. En septiembre de 2025, durante un consejo de ministros, sorprendió al país al afirmar que “en todo barrio popular hay un Brayan que se lleva a las mujeres quién sabe a dónde y después las deja embarazadas y botadas”. En esa ocasión incluso los calificó como “vampiros codiciosos”.

Las palabras se viralizaron rápidamente, alimentando memes y reacciones en redes sociales. Pero también generaron un debate de fondo: ¿puede un presidente referirse así a un grupo social, usando un nombre propio como etiqueta colectiva?

Los Brayans responden

La reacción no tardó. Varios ciudadanos llamados Brayan —profesionales, trabajadores, estudiantes— rechazaron la caricatura. Uno de los más visibles fue el influenciador Brayan Mantilla, quien publicó un video en TikTok defendiendo la diversidad de quienes llevan ese nombre.

“Hay Brayans trabajadores, Brayans soñadores… nosotros no somos culpables del nombre que nos dieron nuestros papás”, dijo. Incluso propuso con humor que se declare un “Día Nacional del Brayan”, como forma de reclamar respeto.

Su mensaje conectó con miles de personas y puso en evidencia un punto clave: detrás de la burla o el estereotipo hay individuos reales, con historias distintas, que cargan con un prejuicio ajeno.

El riesgo del discurso simbólico

El debate trasciende el nombre. En Colombia, Brayan se ha convertido en un marcador cultural asociado a jóvenes de barrios populares, muchas veces ligado —de forma injusta— a delincuencia, irresponsabilidad o marginalidad. Cuando el presidente lo usa como símbolo, amplifica esa carga social.

Petro buscaba denunciar un problema real: el abandono paterno, el machismo y la falta de oportunidades que golpean a las mujeres más vulnerables. Sin embargo, al hacerlo mediante una etiqueta simplificadora, corre el riesgo de desviar la discusión hacia el estigma y no hacia la solución.

Porque el abandono no es exclusivo de un nombre ni de una clase social. Es un fenómeno estructural que atraviesa al país y que requiere políticas públicas, educación sexual, corresponsabilidad masculina y apoyo social, no caricaturas.

Entre la denuncia y el prejuicio

El presidente ha construido parte de su narrativa política sobre la denuncia de las desigualdades. Pero episodios como este muestran una contradicción: al intentar hablar desde lo popular, termina reproduciendo estereotipos sobre los mismos sectores que dice defender.

En un país profundamente desigual, el lenguaje importa. Las palabras del jefe de Estado no son solo opiniones: moldean imaginarios, legitiman percepciones y pueden reforzar discriminaciones cotidianas.

La polémica de los Brayans parece un episodio anecdótico, incluso cómico para redes sociales. Pero en el fondo expone una tensión seria: cómo se habla de la pobreza, la masculinidad y la exclusión desde el poder.

La pregunta no es si Petro tiene razón en señalar problemas de machismo en los barrios. La pregunta es si un presidente puede permitirse convertir un nombre propio en sinónimo de irresponsabilidad social.

En un país donde millones luchan por ser vistos más allá de los prejuicios, la democracia también se mide por la dignidad del lenguaje.

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