El respaldo de Creemos convierte al candidato presidencial en vehículo de una estrategia regional con ambición nacional. La alianza sellada en Medellín entre Ab
El respaldo de Creemos convierte al candidato presidencial en vehículo de una estrategia regional con ambición nacional.
La alianza sellada en Medellín entre Abelardo De La Espriella y el movimiento Creemos no debería leerse como un simple respaldo electoral ni como una anécdota de campaña. Es, ante todo, un síntoma. Y los síntomas, en política, casi siempre anuncian cambios más profundos que los discursos.
Antioquia, durante dos décadas uno de los feudos más estables del uribismo, empieza a comportarse como un actor autónomo. Ya no espera que el centro político marque el camino ni se alinea de forma automática con una figura nacional dominante. Decide, calcula y se proyecta desde su propio peso territorial.
Ese es el verdadero significado del acuerdo.
La fotografía en la Plaza Botero fue modesta en número, pero potente en mensaje: Creemos, el movimiento del alcalde Federico Gutiérrez, optó por no diluirse en una gran coalición de derechas y eligió una alianza que le permite conservar control regional mientras participa en la disputa nacional. No es una adhesión pasiva; es una negociación entre iguales.
En el fondo, lo que se observa es la confirmación de un vacío hegemónico. Tras la salida de Iván Duque y la llegada de Gustavo Petro, ninguna élite política ha logrado recomponer un liderazgo nacional indiscutido. El poder quedó fragmentado y, en ese espacio, las regiones avanzan.
El eje Antioquia–Caribe
La lectura se vuelve más clara cuando se incorpora un segundo elemento: la cercanía explícita de De La Espriella con Alejandro Char, alcalde de Barranquilla y figura central del poder político en el Caribe.
Antioquia y Barranquilla no son solo dos ciudades exitosas en gestión local. Son, sobre todo, nodos de poder económico, electoral y administrativo que históricamente han tenido relaciones tensas con el centralismo bogotano.
El mensaje que envía De La Espriella al reivindicar a Federico Gutiérrez y a Char como modelos nacionales no es técnico, sino político: el país puede gobernarse desde las regiones, sin que Bogotá monopolice las decisiones.
Ese discurso conecta con una sensación extendida en amplios sectores regionales: la de un Estado central que recauda, regula y decide, pero que no siempre responde a las dinámicas locales ni a sus tiempos.
La eventual articulación de un eje Antioquia–Caribe introduce, así, una lógica geopolítica interna que desafía el orden tradicional del poder colombiano. No es izquierda contra derecha. Es centro contra regiones.
El cálculo detrás del movimiento
Para Creemos, la jugada tiene varias capas. En el corto plazo, le permite incidir en la campaña presidencial sin comprometer su identidad. En el mediano plazo, preserva capital político para una eventual candidatura de Federico Gutiérrez en 2030. Y en el largo plazo, consolida a Antioquia como un actor que negocia desde la fortaleza, no desde la subordinación.
Para De La Espriella, la alianza cumple otra función: lo saca del margen testimonial y lo inserta en una red real de poder territorial. Deja de ser solo un candidato con discurso y se convierte en el vocero de una inconformidad regional que busca canal político.
Ese matiz explica el tono de su narrativa. Seguridad, descentralización, eficiencia administrativa y rechazo al “centralismo ideologizado” no son consignas aisladas, sino los ejes de una propuesta que interpela tanto al Gobierno Petro como a las élites tradicionales del centro.
Un país en transición
Lo que ocurre con esta alianza es parte de un proceso más amplio. Colombia atraviesa una etapa transicional en la que las reglas no están del todo claras y los liderazgos no están consolidados.
En ese contexto, la fragmentación del bloque de derechas no es una debilidad, sino una consecuencia lógica de la ausencia de un polo dominante. Las regiones exploran, ensayan y compiten por llenar ese vacío.
Antioquia deja de ser un bastión automático. Barranquilla reafirma su rol como poder autónomo. Y el centro político observa cómo se le escapan las llaves de la articulación nacional.
Nada de esto garantiza mayorías electorales ni triunfos inmediatos. Pero sí redefine el terreno de juego.
La pregunta de fondo no es si De La Espriella ganará la Presidencia, sino si este tipo de alianzas marcarán el inicio de un modelo en el que las regiones no solo votan, sino gobiernan.
Ese es el debate que se abre. Y ese, probablemente, será uno de los ejes centrales de la política colombiana en los próximos años.