Washington juega un rol central y Trump ha dicho que “cuando sea el momento” habrá elecciones libres. “Parece que se ha destapado un desagüe”, murmura un obrero
Washington juega un rol central y Trump ha dicho que “cuando sea el momento” habrá elecciones libres.
“Parece que se ha destapado un desagüe”, murmura un obrero en Caracas. La imagen de Nicolás Maduro —acusado de torturas, fraude electoral y de hundir la economía— encerrado en una cárcel de Nueva York genera una satisfacción contenida en buena parte del país. Las celebraciones son discretas entre los venezolanos y el régimen no ha caído. Delcy Rodríguez, segunda al mando del madurismo, asumió el poder con el respaldo de Donald Trump, quien asegura estar dirigiendo el proceso.
Aun así, el clima social muestra un giro inesperado. Cuatro de cada cinco venezolanos creen que la situación política mejorará en un año. El optimismo se explica por las primeras señales económicas y por la percepción de que Washington ahora ejerce un tutelaje más directo. María Corina Machado, líder opositora y Premio Nobel de la Paz, afirmó tras reunirse con Trump el 15 de enero que Venezuela transita un camino “irreversible” hacia la democracia.
Pero la gran pregunta es inmediata: ¿cómo saber si esa transición es real o solo una maniobra de supervivencia del chavismo?.
Las respuestas están en las reformas. Lo que Delcy Rodríguez impulse, y lo que los sectores duros del régimen logren bloquear, será la mejor pista para medir si el país avanza hacia una apertura genuina o hacia un autoritarismo renovado con rostro moderado.
Economía en movimiento, democracia estancada
Desde la captura de Maduro, unos 300 millones de dólares han ingresado al sistema bancario venezolano como parte del acuerdo petrolero promovido por Trump, que permite a Estados Unidos comercializar entre 30 y 50 millones de barriles de crudo venezolano. La brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo se redujo a cerca del 20%, bajando el temor a un rebrote hiperinflacionario.
Rodríguez prometió “agilizar trámites estatales” y crear un entorno más favorable al mercado. La Asamblea Nacional aprobó en primera discusión reformas a la ley de hidrocarburos que darían mayor control a empresas privadas, reducirían regalías y permitirían arbitraje independiente. También se anuncian cambios en la legislación minera para atraer inversión extranjera.
Para algunos, como el congresista opositor Antonio Ecarri Angola, la liberalización económica puede abrir paso a la democracia. Pero los casos de China o Vietnam muestran que el crecimiento también puede consolidar regímenes autoritarios. El chavismo podría apostar a que una economía menos asfixiante reduzca la presión social por un cambio político real.
Gestos de apertura bajo control
Los optimistas destacan la liberación de unos 260 presos políticos, entre ellos Rafael Tudares, yerno de Edmundo González, vencedor de las elecciones de 2024 que Maduro desconoció. Rodríguez habla de un “diálogo verdadero” e incluso su hermano, presidente del Parlamento, menciona reformas para ampliar la participación política.
También se han producido cambios en el gabinete y en la cúpula militar. La salida de Álex Saab, símbolo del engranaje económico madurista, fue interpretada como una señal de reacomodo y presión estadounidense. Algunos opositores han vuelto a aparecer en público y han surgido pequeñas protestas prodemocracia.
Machado sostiene que el régimen se está viendo obligado a “desmantelarse”. Pero, por ahora, los hechos muestran límites claros.
La estructura dura sigue intacta
La moderación parece más simbólica que estructural. Foro Penal contabiliza unos 670 presos políticos aún detenidos, incluidos aliados cercanos de Machado. Muchas liberaciones son condicionales, lo que permite al régimen reencarcelar a opositores y mantenerlos silenciados.
Los hombres fuertes permanecen: Diosdado Cabello sigue como ministro del Interior y Vladimir Padrino como ministro de Defensa. Además, Rodríguez ignora la Constitución, que exige elecciones rápidas ante la ausencia del presidente.
Analistas como Andrés Izarra, exministro chavista hoy exiliado, advierten que el régimen busca ganar tiempo: retrasos, ambigüedad y renegociación. La confrontación con Trump se manejaría mediante obstrucción burocrática, no desafío abierto.
¿Cuáles serían señales reales de transición?
Las pruebas decisivas aún no llegan. La primera sería permitir el regreso de exiliados políticos, incluida María Corina Machado, y garantizar libertad plena de prensa y organización. La segunda, indispensable, sería una reforma genuina del árbitro electoral y del Tribunal Supremo, instituciones controladas por leales que hicieron posible el fraude de 2024.
Sin nuevas autoridades independientes, cualquier promesa democrática es frágil.
Washington también juega un rol central. Trump ha dicho que “cuando sea el momento” habrá elecciones libres, y su secretario de Estado, Marco Rubio, plantea un proceso en tres fases: estabilización, recuperación y transición. El 28 de enero, Rubio expondrá el plan ante el Senado; cualquier mención de plazos para elecciones o retorno de exiliados será clave.
La pregunta final persiste: ¿quiere realmente Estados Unidos una Venezuela democrática o solo una Venezuela estable bajo un liderazgo más manejable?.
Transformar un régimen autoritario sin tropas en el terreno y en un plazo presidencial corto sería una hazaña histórica. Por ahora, Venezuela parece avanzar más rápido hacia una apertura económica que hacia una democracia plena. El desagüe se destapó, sí, pero el agua todavía no corre libre.