El ejercicio, una alternativa posible para aliviar la depresión

Por Redacción Acento

La evidencia científica sugiere que la actividad física es una herramienta segura y accesible para aliviar la depresión en algunos casos, siempre como parte de

El ejercicio, una alternativa posible para aliviar la depresión

La evidencia científica sugiere que la actividad física es una herramienta segura y accesible para aliviar la depresión en algunos casos, siempre como parte de un abordaje integral.

¿Puede el ejercicio físico ayudar a tratar la depresión? La respuesta que ofrece la ciencia es prudente, pero cada vez más consistente. 

Recientemente, una revisión de la Biblioteca Cochrane concluyó que el ejercicio puede reducir los síntomas depresivos con una eficacia similar a la de la terapia psicológica y, en algunos casos, comparable a la de los antidepresivos, aunque con distintos niveles de certeza científica.

La depresión es una de las principales causas de mala salud y discapacidad a nivel global y afecta a más de 280 millones de personas en el mundo. 

Por eso, frente a un problema de esta magnitud, los investigadores buscan estrategias terapéuticas que sean no solo eficaces, sino también accesibles y sostenibles. En ese contexto, el ejercicio aparece como una alternativa atractiva.

Lo que analizó la revisión Cochrane

El estudio fue realizado por investigadores de la Universidad de Lancashire, con apoyo del Instituto Nacional de Investigación en Salud y Atención del Reino Unido (NIHR). En total, se analizaron 73 ensayos clínicos aleatorizados que incluyeron a casi 5.000 adultos con depresión.

Los ensayos compararon programas de ejercicio con la ausencia de tratamiento, con intervenciones de control, con terapia psicológica y con medicación antidepresiva. El objetivo fue evaluar hasta qué punto la actividad física puede aliviar los síntomas depresivos.

Los resultados muestran que el ejercicio produce un beneficio moderado frente a no recibir tratamiento. Cuando se lo comparó con la psicoterapia, el impacto fue similar, respaldado por evidencia de certeza moderada. En el caso de los antidepresivos, los resultados también apuntaron a un efecto comparable, aunque la certeza fue menor debido a la limitada calidad y tamaño de los estudios disponibles.

“El ejercicio parece ser una opción segura y accesible para ayudar a controlar los síntomas de la depresión”, señaló el profesor Andrew Clegg, autor principal de la revisión. Sin embargo, subrayó un punto clave: no funciona igual para todas las personas.

Este matiz es central. Los investigadores insisten en que el ejercicio no debe presentarse como una solución universal ni como un sustituto automático de la terapia o la medicación, sino como un complemento posible dentro de un abordaje personalizado.

¿Qué tipo de ejercicio ofrece más beneficios?

La revisión no identificó una disciplina claramente superior, pero sí algunas tendencias relevantes. El ejercicio de intensidad leve a moderada mostró mejores resultados que el ejercicio vigoroso. Además, realizar entre 13 y 36 sesiones se asoció con mayores mejoras en los síntomas depresivos.

De igual forma, los programas combinados y el entrenamiento de fuerza o resistencia parecieron ligeramente más eficaces que el ejercicio aeróbico por sí solo. En cambio, prácticas como el yoga, el qigong o los estiramientos no fueron incluidas en el análisis, por lo que su impacto sigue siendo un área pendiente de investigación.

Uno de los puntos a favor del ejercicio es su perfil de seguridad. Los efectos adversos fueron poco frecuentes y se limitaron principalmente a lesiones musculoesqueléticas leves. En comparación, quienes tomaban antidepresivos reportaron efectos secundarios más habituales, como fatiga o problemas gastrointestinales.

No obstante, persisten interrogantes importantes, ya que, pocos estudios hicieron un seguimiento prolongado de los participantes, por lo que no está claro si los beneficios del ejercicio se mantienen en el tiempo.

Más evidencia, mismas conclusiones

Esta actualización incorpora 35 nuevos ensayos respecto a las revisiones anteriores publicadas en 2008 y 2013. Aun así, las conclusiones generales se mantienen prácticamente sin cambios. La razón: la mayoría de los estudios siguen siendo pequeños, con menos de 100 participantes, lo que limita la solidez de los resultados.

“Un solo ensayo grande y bien diseñado puede aportar más información que muchos estudios pequeños de baja calidad”, advirtió Clegg.

Frente a este tema, el mensaje final es claro y prudente: el ejercicio puede ayudar a algunas personas con depresión, especialmente como parte de un enfoque integral y supervisado. No es una cura milagrosa, pero sí una herramienta con potencial, bajo costo y beneficios adicionales para la salud.

Y es que, en un contexto donde la depresión sigue creciendo y los sistemas de salud buscan respuestas más amplias, moverse —literalmente— podría ser parte de la solución.

Más allá de los resultados clínicos, el interés por el ejercicio como herramienta frente a la depresión crece en un contexto marcado por la saturación de los sistemas de salud mental, las largas listas de espera para acceder a terapia psicológica y el recelo de algunos pacientes ante los tratamientos farmacológicos. En ese escenario, contar con una intervención de bajo costo, ampliamente disponible y con beneficios físicos adicionales resulta especialmente relevante.

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