Expertos en comunicación política coinciden en que el chavismo optó por una “narrativa de supervivencia”. Tras la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia F
Expertos en comunicación política coinciden en que el chavismo optó por una “narrativa de supervivencia”.
Tras la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el 3 de enero, el discurso de la cúpula chavista ha entrado en una fase de reajuste profundo. Aunque mantiene los elementos clásicos de soberanía, antiimperialismo y autodeterminación, en la práctica el tono y las acciones del poder en Miraflores, ahora encabezado por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, reflejan una estrategia distinta: sobrevivir políticamente bajo el tutelaje de Estados Unidos sin admitirlo abiertamente.
El punto de quiebre fue el reconocimiento explícito del presidente estadounidense Donald Trump y de su secretario de Estado, Marco Rubio, a Rodríguez como sustituta de Maduro, junto con el anuncio de que Washington “trabajará con ella” para una transición política. Desde entonces, los ataques verbales contra EE.UU. casi han desaparecido del discurso oficial, pese a que fuerzas especiales estadounidenses ingresaron a territorio venezolano para ejecutar la operación que derivó en la detención de Maduro.
Expertos en comunicación política coinciden en que el chavismo optó por una “narrativa de supervivencia”: una combinación de nacionalismo discursivo hacia adentro y pragmatismo calculado hacia afuera. El objetivo es evitar fracturas internas, reducir el riesgo de una nueva acción militar y abrir canales diplomáticos que permitan gestionar el caso judicial de Maduro y Flores en Estados Unidos.
Administrar la crisis sin perder control
Según el consultor político Luis Toty Medina Gil, el discurso cumple tres funciones centrales. La primera es mantener la unidad interna del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) y de la Fuerza Armada, con mensajes insistentes sobre cohesión y promesas de “rescatar” a Maduro. La segunda es moderar la retórica para no provocar una escalada militar adicional, como la que Trump amenazó el 4 de enero. Y la tercera es reconstruir una interlocución diplomática mínima que permita acceso consular y negociación.
Esa estrategia quedó reflejada en la rápida alineación institucional tras la captura de Maduro. El Tribunal Supremo de Justicia declaró su “ausencia temporal” y juramentó a Delcy Rodríguez como presidenta encargada, en una interpretación constitucional que coincidió con la posición de Washington sobre la imposibilidad de realizar elecciones inmediatas.
Hechos que contradicen el relato
La tensión entre discurso y acciones se hizo más evidente con el anuncio de un acuerdo energético que permitirá a EE.UU. recibir 31 millones de barriles de petróleo venezolano, cuyos recursos serán administrados por Washington. La respuesta del Gobierno venezolano fue limitada y cuidadosa: Pdvsa confirmó “negociaciones avanzadas”, sin mencionar el control del dinero ni confrontar directamente al mandatario estadounidense.
Para la politóloga Paola Molina Noguera, Trump ha impuesto la agenda comunicacional, mientras el gobierno interino reacciona sin confrontación directa. Incluso figuras tradicionalmente beligerantes, como Diosdado Cabello, han moderado su discurso. Quien antes prometía que no saldría “ni una gota de petróleo” hacia EE.UU., ahora defiende la relación comercial como histórica.
Diplomacia y presos políticos
Otro giro relevante ha sido la reapertura de contactos diplomáticos. La llegada de personal estadounidense a Caracas obligó a la Cancillería a admitir un “proceso exploratorio” para restablecer relaciones, con el argumento explícito de garantizar la representación consular para Maduro y Flores. Analistas advierten que esta admisión revela que la prioridad inmediata del chavismo no es la normalización institucional, sino el expediente judicial de su líder.
En paralelo, el gobierno interino anunció excarcelaciones de presos políticos como “gesto unilateral”. Aunque Trump atribuyó estas liberaciones a la cooperación venezolana, las excarcelaciones han sido parciales, bajo medidas cautelares y con cifras contradictorias entre el Ejecutivo y las ONG.
Riesgos internos y redefinición del enemigo
La suavización del discurso plantea riesgos dentro del chavismo. Para su base ideológica dura, el relato antiimperialista es identitario, y su atenuación puede generar desmoralización o sensación de traición. En cambio, para el aparato de poder —Psuv, Fuerza Armada y élites económicas— la estrategia es funcional, pues prioriza la continuidad del sistema.
El regreso de altos funcionarios a la red social X, pese a que la plataforma sigue bloqueada en Venezuela, refuerza la idea de un “borrón y cuenta nueva” comunicacional. Sin embargo, analistas advierten que la sostenibilidad de esta narrativa depende de dos variables clave: que no haya una nueva escalada militar y que la cooperación con EE.UU. produzca resultados concretos, como alivio económico y avances en el caso Maduro.
En el fondo, el chavismo intenta convertir una derrota estratégica —la captura de su líder— en un relato de defensa nacional, mientras negocia tiempo y margen de maniobra. El desafío será sostener ese equilibrio sin perder legitimidad interna ni quedar expuesto como un poder subordinado a Washington.