Temblando de miedo

Por Redacción Acento

La llamada entre Gustavo Petro y Donald Trump no fue un gesto diplomático convencional. Fue el punto culminante de una secuencia de hechos marcada por el temor,

Temblando de miedo

La llamada entre Gustavo Petro y Donald Trump no fue un gesto diplomático convencional. Fue el punto culminante de una secuencia de hechos marcada por el temor, la presión y el cálculo, en la que el Gobierno colombiano actuó para evitar un escenario que consideró real: una acción militar de Estados Unidos sobre el país.

El ministro del Interior, Armando Benedetti, reconoció que en el Gobierno existía una profunda preocupación por una posible intervención estadounidense. No habló en abstracto. Habló de miedo. Ese ambiente antecedió a la movilización en la Plaza de Bolívar y explica, en buena medida, la urgencia con la que se movieron los hilos diplomáticos.

Petro reforzó ese relato ante medios internacionales. En entrevistas concedidas a la prensa extranjera, insinuó que el clima regional era extremadamente tenso. Llegó a mencionar que, mientras se encontraba en el Caribe, circulaban versiones sobre la presencia de un barco de Estados Unidos en aguas cercanas. Más tarde aclaró que la información era confusa y que la embarcación provenía de Venezuela, sin que se tuviera certeza sobre su naturaleza. Pero el daño estaba hecho: el fantasma de la intervención ya había sido invocado.

Lejos de bajar el tono, Petro lo elevó. Trinó, confrontó y alimentó una narrativa de amenaza externa que terminó de cerrar el cerco. En ese contexto, la llamada a Trump no fue un acto de iniciativa política, sino una gestión de contención. Había que hablar. Había que medir el riesgo. Había que frenar algo que, según el propio presidente diría después, ya estaba “en preparación”.

Trump aceptó la llamada y la convirtió en mensaje. La envolvió en cortesía pública, habló de “honor” y anunció una reunión futura. Pero mientras el gesto calmaba las aguas en el plano simbólico, la presión aumentó en los hechos. Colombia aceleró extradiciones, retomó la fumigación con glifosato y reforzó operaciones contra campamentos de grupos armados ilegales. El libreto fue claro: diálogo arriba, exigencia abajo.

El mensaje también fue leído por los actores armados. En cuestión de días, Iván Mordisco llamó a una articulación entre las disidencias de las Farc, el ELN y otros grupos para hacerle frente a Estados Unidos. No fue una bravata retórica. Fue la confirmación de que el temor a una intervención externa se filtró hasta la selva, alterando los equilibrios internos del conflicto.

Así se encadenaron los hechos: rumores de barcos, declaraciones públicas, escalamiento discursivo, miedo explícito en el Gobierno, una llamada urgente y, como resultado, un endurecimiento de las condiciones impuestas desde Washington. Trump concedió la conversación, pero aprovechó el momento para reafirmar control. Petro obtuvo la llamada, pero no evitó el costo.

Este no es un juicio moral ni una descalificación política. Es una lectura del poder en acción. 

“Temblando de miedo” no es una metáfora exagerada. Es la síntesis de una semana en la que el Gobierno colombiano se movió con premura para evitar un escenario mayor, mientras Estados Unidos utilizó cada gesto para recalibrar su influencia. Nadie jugó a la épica. Todos jugaron a contener daños.